
Lo que pasa es que… La gente suele pensar que los clientes llegan por llamadas rápidas o mensajes, que todo se puede resolver desde lejos. Pero esta historia demuestra que a veces las cosas requieren presencia, paciencia y escuchar con el corazón.
Olmedo fue el primer cliente presencial que atendí. En ese entonces, apenas comenzábamos y ni siquiera tenía abogado aún. Pero él decidió viajar desde otra provincia, porque sentía que su caso necesitaba ser visto cara a cara. Que no bastaba el teléfono ni los mensajes superficiales.
Cuando me lo contó, supe que estaba pasando por algo muy fuerte. Y no me equivoqué: la historia se iba poniendo cada vez más profunda
Acordamos una cita para un sábado a la 1:30 p.m., pero me escribió temprano para avisarme que ya estaba en Penonomé, viajando desde Azuero. Me dio mucha pena pensar que tuviera que esperarme. No me gusta ser impuntual y le propuse vernos más temprano, a las 12:00.
Nos vimos por primera vez en el boulevard de Penonomé y, para mi sorpresa, Olmedo me confesó que había hablado con varias señoras que vendían boletos de lotería en el pueblo, asegurándoles que yo le daría una respuesta. Una de ellas me miró y me deseó suerte con sinceridad. Fue un momento fuerte para mí: ya no era solo un gestor, era una esperanza para su comunidad
En la oficina, Olmedo me resumió su caso: ocho hermanos, una mujer que se fue joven a la capital y nunca regresó, un terreno familiar que siempre estuvo en derecho posesorio, confirmado por cinco testigos que juraban que era propiedad del padre y que él quería donarlo a sus hijos.
Pero esa hermana puso una oposición que complicó todo. Buscaron un abogado años después, pero no les dio la asesoría adecuada. Solo cobró y recibió una respuesta negativa de ANATI porque el trámite fue precluido tras no responder en cinco días.
Olmedo estaba perdido. No sabía qué hacer. Era una historia triste e injusta: alguien inconforme puso una oposición y se aprovechó de la ignorancia de Olmedo y sus hermanos.
Le dije claro: primero, deben hablar como familia, buscar la paz, porque esa es la única vía fuera de la ley que puede funcionar. Segundo, necesitan un abogado de los mejores del país para pelear con pruebas sólidas.
Pero Olmedo terminó confesando que no tenía los recursos para iniciar un pleito legal así. Esta historia me enseñó que la justicia no siempre depende del derecho, sino de la capacidad y la paciencia para afrontar las circunstancias.
Si estás pasando por algo parecido, recuerda:
- La presencia y la conversación honesta valen mucho más que cualquier mensaje superficial.
- No te rindas ante los primeros “no” ni soluciones aparentes.
- La mediación familiar es fundamental antes de cualquier proceso legal.
- Busca asesoría adecuada y sé consciente de los recursos que necesitas.
Al final, no se trata de forzar ni de buscar atajos, sino de crear las condiciones para que la solución llegue cuando sea el momento justo.
Y tú, ¿qué aprendes de esta historia?
“Esta historia es muy lamentable pero sabemos que a los que aman a Dios todas las cosas le ayudan a bien.”
¡Amén! Olmedo, no está solo.